Traducción del Artículo de actualidad religiosa aparecido en "LE FIGARO" el 02/11/17 sobre LA TRANSFORMACIÓN DE LAS IDENTIDADES RELIGIOSAS POR INFLUENCIA DE LA MODERNIDAD

CUANDO LA MODERNIDAD TRANSFORMA LAS IDENTIDADES RELIGIOSAS
(Traducción propia)
FIGAROVOX / TRIBUNE - Patrick Laude[1] analiza las consecuencias de la modernidad sobre las religiones. Para él, el aplanamiento (simplificación) y la externalización de la religión abre el camino a una transformación subrepticia de la religión en ideología.
Una de las ideas centrales de Olivier Roy, en su libro “La Santa Ignorancia”, es que no se da una "religión pura", en el sentido de que exista un "formato" cultural permanente destinado a hacer de soporte de la religión en el nivel colectivo, de una manera sostenible. Es este formato el que, más bien, se manifiesta en las expresiones intelectuales, artísticas y culturales de lo religioso.
Roy también hace uso de este concepto en el contexto particular de la "cultura globalizada". Este nuevo formato, a diferencia del anterior, está en gran parte, si no totalmente, desculturizado. Señala que "el fundamentalismo es la forma más apropiada de religión para la globalización, porque asume su propia desculturación y la convierte en el instrumento de su reivindicación de la universalidad".
En este sentido, el espacio, el tiempo y las diferencias cualitativas están prácticamente abolidos. La religión, ya sea carismática o puritana, es diluida, privada de sus desarrollos teológicos, de sus instituciones tradicionales, de su hermenéutica, de su espiritualidad y de sus manifestaciones artísticas.
Un sólo imperativo permanece: una comunicabilidad fácil y rápida. La "verdadera religión", cuyo "consumo" debe ser fácilmente accesible, ser liberada de las "corrupciones" que la adulteraron y devuelta a su universalidad. Es, por lo tanto, un cristianismo global, un Islam globalizado, un budismo globalizado.
Además, este aplanamiento (simplificación) y externalización de la religión, que se manifiesta en el uso frecuente de signos ostentosos de identidad confesional, abre el camino a una transformación subrepticia de la religión en ideología.
Si las religiones tradicionales tienen rasgos en común con las ideologías, en particular su carácter totalizador, sus principios y fines no presentan una realidad diferente. Todo hecho religioso supone la relación del hombre con una trascendencia revelada, y el imperativo posterior de la salvación mediante una transformación ético-espiritual.
Aunque las religiones tradicionales también tienen una dimensión sociopolítica, debe admitirse que esta última se justifica y es efectiva solo en relación con los objetivos ético-espirituales. Por el contrario, la ideologización de la religión se caracteriza por su reinvención en un programa revolucionario de transformación sociopolítica.
Esto no es solo una cuestión de explotación política vulgar de la religión, un fenómeno recurrente de la historia humana, sino algo mucho más radical.
De hecho, es una ósmosis pura y simple de la religión con objetivos y procesos ideológicos. Tal proceso genera fundamentalismo, intensificado aún más por las dinámicas políticas y sociales de su entorno.
Basta observar las etapas que van desde el reformismo o el " evangelismo" puritano hasta el proselitismo activista político-social, que finalmente conducen a una militancia coercitiva que puede llegar hasta el fanatismo terrorista. No reconocer o reconocer este proceso es privarse de una clave fundamental para comprender la crisis de la conciencia religiosa contemporánea.
Junto con estos fenómenos de idealización, y a la inversa, al menos en Occidente, una psicologización cada vez mayor de la religión es experimentado por muchos como una emancipación interior de las normas externas, y especialmente todas las normas religiosas son experimentadas como un yugo insoportable. Se trata, al menos en parte, de una reacción más o menos individualista a la ideologización de lo religioso.
En la práctica, podemos hablar de una búsqueda de libertad y empoderamiento psicofísico en relación con las normas institucionales, así como una respuesta a la crisis del sentido posmoderno. Las formas de neo-espiritualidad post-religiosa se propagan con velocidad exponencial, desde la meditación trascendental secularizada a los diversos kits de neo-budistas, a través de los movimientos carismáticos y renovadores que han surgido a raíz del colapso de las religiones tradicionales.
Tales tendencias solo pueden inducir formas de reduccionismo psicológico. Desde el punto de vista de las disciplinas espirituales y contemplativas tradicionales, el equilibrio psico-físico nunca ha constituido la finalidad de lo religioso, a lo sumo aparece como un elemento concomitante. René Guénon ya había criticado en la primera mitad del siglo XX, "la confusión de lo psíquico y espiritual," trascendente este último principio, como lo universal trasciende a lo individuo y lo eterno a lo efímero.
Así, desde un punto de vista religioso tradicional, la psicologización postmoderna de la espiritualidad desvincula lo religioso de lo que constituye su principio, es decir, la trascendencia.
A pesar de que la ideologización y la psicologización de lo religioso han evolucionado de modos radicalmente distintos, incluso se han afirmado como reacción de una frente a la otra, ambas se manifiestan, al menos en parte, por una ignorancia o un rechazo de todas las producciones teológicas, espirituales, artísticas y culturales que forman una civilización religiosa completa.
Ambos se ofrecen como bienes de consumo globalizados y también pueden converger, por ejemplo, cuando la adhesión a una ideología religiosa y el deseo de luchar en su nombre se experimentan como una realización individual.
De manera más general, la ideologización de lo religioso puede concebirse como un fruto envenenado de la globalización, en la medida en que está condicionado por los modos de comunicación que engendró. Se da aquí una consecuencia distante de la destrucción de las identidades religiosas que comenzó con los efectos de la Revolución Industrial, particularmente en la época colonial, y luego terminó con la hegemonía creciente de la economía globalizada y de la tecnología.
En un sentido, la idealización religiosa participa de este movimiento, como "la religión moderna" que incluye algunos temas revolucionarios e igualitarios, en otro sentido, ella podrá oponerse, particularmente a la dinámica secularizada de la modernidad.
De ahí sus contradicciones y aberraciones. Por lo tanto, ella funciona como un modo de resistencia que es aún más radical ya que es impotente para lograr sus fines sociopolíticos, y aún más frágil, pero también peligroso, que está separado de cualquier anclaje intelectual, ético y espiritual.
En cuanto a la psicologización de la religión, ella constituye esencialmente un fenómeno centrado en el individuo, que encuentra un terreno favorable en un marco posmoderno de disgregación social y diseminación mediática.
En este contexto, también marcado por la ausencia de mediaciones histórico-culturales, la cultura religiosa tradicional se concibe como un obstáculo más que como una fuente de sabiduría y espiritualidad. En el mercado de la neo-espiritualidad, se apropiarán como máximo de algunas referencias simbólicas y exóticas de esta o aquella tradición oriental que cumple con el gusto de ese día, es decir, la mayor de las veces se reduce a sus dimensiones psicológicas.
Los movimientos religiosos más característicos de esta ideologización y psicologización tienden a rechazar las mediaciones tradicionales. Un cierto número de áreas fundamentales de la cultura religiosa han sido en gran medida abandonadas o rechazadas por nuevas formas de religión globalizada.
Este es el caso de las tradiciones intelectuales en su diversidad teológica y metafísica, las tradiciones espirituales y contemplativas, las familias de autoridad religiosa, las dimensiones "sacramentales" y rituales de la vida religiosa, las producciones artísticas y las normas éticas.
Si ahora aplicamos esta grilla de lectura a los dos movimientos religiosos contemporáneos más dinámicos, a saber, las Iglesias carismáticas y los diversos movimientos del puritanismo musulmán, podemos observar convergencias paradójicas.
Ambos se caracterizan por el deseo de volver a una experiencia inmediata, en el sentido literal del término, de contacto con la fuente impoluta de la religión tal como ellos la entienden.
En el pentecostalismo, este retorno pasa por una relación individual con el Espíritu Santo, la experiencia inmediata tiende a convertirse en el principio de validación de la fe en las Escrituras en lugar de lo inverso. Además, esta primacía de la experiencia se traduce en una lejanía de las mediaciones institucionales y rituales.
En el Islam Salafista, la primera preocupación es la de una "práctica correcta" en el sentido formal del término u ortopraxis. Esto lleva a un retorno a una práctica musulmana "purificada" que reproduce lo más fielmente posible las formas externas de piedad y comportamiento de "los pasos de salafs". En cuanto al ideal salafista de "simplicidad", excluye las elaboraciones teológicas consideradas como "innovaciones" indebidas. También desafía la autoridad de las escuelas de jurisprudencia tradicional y, más importante aún, la autoridad espiritual de los maestros de la teología mística, los sufíes.
Las producciones artísticas, por otro lado, están subordinadas a sus efectos emocionales, desde una perspectiva carismática, o a su conveniencia legal y social, desde un punto de vista islámico-puritano.
En las iglesias pentecostales, las expresiones musicales son bien recibidas en la medida en que inducen estados de entusiasmo psíquico en consonancia con la libre inspiración del Espíritu Santo. Sin embargo, los pentecostales siguen siendo en gran medida iconoclastas, rechazando las tradiciones litúrgicas y artísticas a favor de la autenticidad psíquica de las manifestaciones creativas improvisadas, a menudo inspiradas por la cultura popular imperante.
Por su parte, el Islam salafista tiende a ignorar la estética o a considerarla con recelo. El impulso puritano es fundamentalmente iconoclasta, percibiendo en las formas artísticas, especialmente cuando ellas tocan lo religioso con sus fuertes potencialidades de idolatría.
Finalmente, con respecto a aquello que constituye las dimensiones interiores de la moralidad, ellas aparecen en gran parte comprometidas en las nuevas religiosidades. En la perspectiva carismática, que postula una inspiración directa del Espíritu Santo, a menudo se relativizan o incluso se reducen al rango de meras pretensiones humanas; en los movimientos puritanos, están de hecho reducidos a su exterioridad social y legal, al respeto de los mandatos y prohibiciones, y a una especie de fanatismo formalista indiferente a la interioridad espiritual.
Sea como fuere, hay pocas dudas de que las tendencias crecientes hacia la ideologización y psicologización del hecho religioso contribuyen en gran medida a diluir su realidad.
Ya sea que se reduzca al rango de ser el abanderado de objetivos sociopolíticos o de receta psicofísica para la búsqueda de la felicidad o una más grande funcionalidad social, se vuelve muy difícil caracterizar la religión como una categoría fundamentalmente distinta.
Por extraño que pueda parecer, en el clima secularizado de la cultura moderna, la mayoría de los principios y modos de funcionamiento de lo neo-religioso ayuda a que sea casi imposible discernir aquello que es lo específicamente religioso, en la medida en que las realidades religiosas son cada vez más definidas por los mismos criterios axiológicos y las mismas formas de expresión que las de otros dominios de representaciones y actividades humanas.




[1] Patrick Laude es graduado de la École Normale Supérieure, profesor de la Universidad de Georgetown, profesor de estudio de las religiones y autor de “Apocalipsis de las religiones - Patologías y descubrimiento de la conciencia religiosa contemporánea”, París, L ' Harmattan, colección Théôria, 2016

Mes de María. Meditación al aproximarse la Solemnidad de la Inmaculada Concepción

Leemos en la Carta a los Gálatas (4, 4-7)
Cuando se cumplió el tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la Ley, para rescatar a los que estaban bajo la Ley, para que recibiéramos el ser hijos por adopción. Como sois hijos, Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: “¡Abba! ¡Padre!” Así que ya no eres esclavo, sino hijo; y si eres hijo, eres también heredero por voluntad de Dios. 

Por la misericordia de Dios Padre que reconcilia, el Verbo se encarnó en el vientre purísimo de la Santísima Virgen María para salvar «a su pueblo de sus pecados» (Mt 1,21) y abrirle «el camino de la salvación». San Juan Bautista confirma esta misión indicando a Jesús como «el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Jn 1,29). Toda la obra y predicación del Precursor es una llamada enérgica y ardiente a la penitencia y a la conversión, cuyo signo es el bautismo administrado en las aguas del Jordán. El mismo Jesús se somete a aquel rito penitencial (cf. Mt 3, 13-17), no porque haya pecado, sino porque «se deja contar entre los pecadores; es ya "el cordero de Dios que quita el pecado del mundo" (Jn 1,29); anticipa ya el "bautismo" de su muerte sangrienta». La salvación es, pues y ante todo, redención del pecado como impedimento para la amistad con Dios, y liberación del estado de esclavitud en la que se encuentra al hombre que ha cedido a la tentación del Maligno y ha perdido la libertad de los hijos de Dios (cf.Rm 8,21).

Sólo Dios perdona los pecados (cf Mc 2,7). Porque Jesús es el Hijo de Dios, dice de sí mismo: "El Hijo del hombre tiene poder de perdonar los pecados en la tierra" (Mc 2,10) y ejerce ese poder divino: "Tus pecados están perdonados" (Mc 2,5; Lc 7,48). Más aún, en virtud de su autoridad divina, Jesús confiere este poder a los hombres (cf Jn 20,21-23) para que lo ejerzan en su nombre. 

La misión confiada por Cristo a los Apóstoles es el anuncio del Reino de Dios y la predicación del Evangelio con vistas a la conversión (cf. Mc 16,15; Mt 28,18-20). La tarde del día mismo de su Resurrección, cuando es inminente el comienzo de la misión apostólica, Jesús da a los Apóstoles, por la fuerza del Espíritu Santo, el poder de reconciliar con Dios y con la Iglesia a los pecadores arrepentidos: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos» (Jn 20,22-23). 

1446 Cristo instituyó el sacramento de la Penitencia en favor de todos los miembros pecadores de su Iglesia, ante todo para los que, después del Bautismo, hayan caído en el pecado grave y así hayan perdido la gracia bautismal y lesionado la comunión eclesial. El sacramento de la Penitencia ofrece … una nueva posibilidad de convertirse y de recuperar la gracia de la justificación. Los Padres de la Iglesia presentan este sacramento como "la segunda tabla (de salvación) después del naufragio que es la pérdida de la gracia" (Tertuliano, paen. 4,2; cf Cc. de Trento: DS 1542).

A lo largo de la historia y en la praxis constante de la Iglesia, el «ministerio de la reconciliación» (2 Co 5,18), concedida mediante el sacramento de la Penitencia resulta el signo objetivo y el momento exacto en que el corazón del hombre se abre a la gracia y Dios la deposita abrazándonos como hijos reconciliados. La celebración del sacramento de la Penitencia encierra el misterio de la salvación que se abre solo a quien se acerca con un corazón sincero. 

Le pedimos hoy a la Virgen Santísima que Ella venga en nuestro auxilio. Que nos conceda un corazón dócil a la acción del Espíritu Santo para que no nos resistamos al llamado de recurrir pronto a la Confesión y de este modo celebrar dignamente la fiesta en su honor el próximo viernes 8 de diciembre.  
(22/11/17)

Nos preparamos para la Solemnidad de la Virgen el 8 de diciembre con el mes de María

Leemos en el Libro de la Sabiduría (7, 24-28)
La Sabiduría es más ágil que cualquier movimiento; a causa de su pureza, lo atraviesa y penetra todo. 
Ella es exhalación del poder de Dios, una emanación pura de la gloria del Todopoderoso: por eso, nada manchado puede alcanzarla. 
Ella es el resplandor de la luz eterna, un espejo sin mancha de la actividad de Dios y una imagen de su bondad. 
Aunque es una sola, lo puede todo; permaneciendo en sí misma, renueva el universo; de generación en generación, entra en las almas santas, para hacer amigos de Dios y profetas. 
Porque Dios ama únicamente a los que conviven con la Sabiduría.

Sede de la sabiduría es uno de los títulos con que el pueblo cristiano honra a la madre de Dios. 
En la Sagrada Escritura el término Sabiduría refiere en el Antiguo Testamento a la ley de Moisés (la Torah); y en el Nuevo Testamento a la persona de Cristo.
Principalmente, la sabiduría, tal como está expresada en los libros sagrados, revela el pensamiento divino y sus proyectos, tal como se manifiesta en la historia de la salvación; es decir, todas las maravillas que Dios lleva a cabo en la creación (Si 42,21-43 33a, Sab 9,9) y en la vida de los hombres.
Por lo tanto, lo que se puede saber de la sabiduría bíblica es de naturaleza estrictamente religiosa. Ella nos instruye sobre lo que Dios piensa, quiere y obra en orden a nuestra salvación. 
Con el sí de la anunciación María acepta servir al designio de Dios salvador. Jesús, la Sabiduría eterna del Padre, habitará en Ella. Desde aquel día la historia de Jesús es también su historia. Hechos y palabras de Jesús serán los motivos ahora de su contemplación sapiencial. 
María es sede de la sabiduría en un doble sentido: carnal-biológico, porque llevó en su seno al Hijo de Dios, que es la sabiduría encarnada; y ético-espiritual, porque acogió la palabra de Dios, haciéndola objeto de amorosa custodia en lo intimo de su corazón y tratando de penetrar sus contenidos que poco a poco se aclaraban, sobre todo en sus aspectos oscuros. Su bienaventuranza no consiste solamente, según la enseñanza del mismo Cristo, en haber dado a luz a Jesús según la carne, sino en haber prestado fe a la palabra del Señor. Pues incluso la misma maternidad divina fue consecuencia del Si dicho al Ángel, de su pronta obediencia al querer del Padre. Ella llevó a Jesús, como decía Agustín, antes en el corazón que en su seno.
Tal es también la vocación de toda la iglesia. También ella es llamada a escuchar y profundizar incensantemente el sentido de las Escrituras. Los acontecimientos del mundo en medio del cual vivimos y obramos; cada acontecimiento concreto, tanto en la historia de la iglesia y del mundo, como en la historia personal, nos sirve para confrontarnos con la palabra profética de Jesús: "Yo estoy con vosotros siempre... hasta el fin del mundo" (Mt 28,20). Esta palabra de Cristo, se realiza en cada uno de sus discípulos, a semejanza de María, se hace presencia divina en el alma del fiel: "Si alguno me ama –dice Jesús-, observará mi palabra, y el Padre lo amará, y vendremos a él, y haremos morada en él" (Jn 14,23). 
Roguémosle al Señor que nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de saber escuchar su Palabra y de ponerla en práctica. Amén
(21/11/17)

Mes de María: meditación en preparación a la Solemnidad de la Inmaculada Concepción

Leemos en el Evangelio de San Juan. 19, 25-27.
En aquel tiempo, junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María la de Cleofás y María, la Magdalena. Jesús, al ver a su madre y cerca al discípulo que tanto quería, dijo a su madre: 
“Mujer, ahí tienes a tu hijo”. 
Luego dijo al discípulo: 
“Ahí tienes a tu madre”. 
Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa.

La Maternidad espiritual de la Santísima Virgen para todos los hombres redimidos por la sangre de Nuestro Señor Jesucristo, es algo que encontramos expresamente dicho en la Sagrada Escritura, y enseñado por el magisterio ordinario y universal de la Iglesia. 

Dos momentos principales se consideran en la Palabra de Dios escrita: en primer lugar, el referido por San Lucas l,38, sobre el consentimiento de la Virgen en la Encarnación: 

"Dijo entonces María: He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra." 

Este pasaje viene a señalar como el punto de partida de la acción maternal de María directamente sobre el Cristo físico, e indirectamente sobre la obra de Cristo, el Cuerpo Místico. Porque toda la obra de la redención, cuya perpetuación realiza la Iglesia, dependía en su realización de la aceptación que la Virgen diera de la gran propuesta que le hacía Dios. 

En segundo lugar, tenemos el pasaje de San Juan l9, 25-27, referente a la compasión de María con Cristo en la Cruz y la referencia expresa de Jesús a ella y al apóstol Juan; detengámonos brevemente en este trascendental pasaje. 

“Estaban en pie junto a la cruz de Jesús su madre, María de Cleofás, hermana de su madre, y María Magdalena.  Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo que Él amaba, dijo a su madre: Mujer, he ahí tu hijo." “Luego dijo al discípulo: He ahí a tu madre. " Y desde aquel momento el discípulo la recibió consigo” 

En este relato San Juan representa al género humano entero. El Papa León XIII, dice: " La Virgen Santísima, así como es Madre de Jesucristo, así lo es también de todos los cristianos, puesto que a todos los engendró entre los supremos tormentos del Redentor en el monte Calvario" " En la persona de Juan, según el perpetuo sentir de la Iglesia, señaló Jesucristo a todo el género humano." 

El marco del episodio indica un acto oficial y de alcance pública de Cristo, en esa hora solemne hacia la cual estaba orientado todo su ministerio aquí en la tierra. 

Realmente es la hora suprema en la cual el Salvador realiza lo esencial de su misión redentora, y se comprendería mal que hubiera escogido ese instante para un paréntesis de vida privada y de preocupaciones familiares. Su actitud no puede, pues, interpretarse sino en el orden de cumplimiento de su función pública. 

Por otra parte, el texto mismo del Evangelio se toma el cuidado de confirmarnos lo que resaltaba suficientemente por el conjunto del contexto. Inmediatamente después de haber contado el episodio, San Juan escribe: 

"Después de esto, sabiendo Jesús que todo se había acabado, para que se cumpliera la Escritura, dijo: Tengo sed " 

El apelativo "mujer" muestra también que Cristo se colocó por encima de sus relaciones familiares con su Madre, en un plano más elevado, el de la obra pública. Si hubiera querido en ese momento testimoniarle su afecto con un acto de piedad filial, se hubiera dirigido espontáneamente a ella con el nombre de " Madre "... 

La tradición nos enseña esta verdad de la fe por medio de un paralelismo muy elocuente entre Eva, la primera Madre de todos los vivientes pecadores y María, la segunda Madre de todos los vivientes redimidos y puestos a vivir según el nuevo Adán, que es Cristo. Este paralelismo suele designarse como la "recapitulación", según la cual nos vienen todos los bienes de la gracia en la redención por los mismos cauces por los que se habían perdido con el pecado del origen. 

San Agustín dice que María es "Madre de los miembros del Cuerpo Místico." 

Esta maternidad espiritual de la Virgen sobre todos los cristianos, que tuvo su momento "incoactivo" en el consentimiento para la encarnación, su solemne proclamación en la cruz, se ejecuta y lleva a efecto en cuanto María, junto con Jesús e inseparablemente de él, merece por nosotros y colabora íntimamente en la redención, y por fin en la aplicación de sus méritos y gracias mediante su intercesión continua por sus hijos espirituales. 

Procuremos despertar y avivar en nuestro corazón el amor filial a la Virgen Inmaculada y que el cariño hacia Ella nos conduzca a la amistad con Jesucristo y al cumplimiento de su Palabra que es ley para todos miembros de su Cuerpo Místico. (19/11/17)

Meditación mariana en preparación a la Solemnidad de la Inmaculada (mes de María)

Lectura bíblica (Ef. 1, 3-ó.11- 12) Bendito sea Dios, Padre de Nuestro Señor Jesucristo, que por él nos ha bendecido desde el cielo con toda bendición del Espíritu. Porque nos ha elegido en Cristo antes de la creación del mundo para ser santos e inmaculados en su presencia por el amor; destinándonos ya entonces a ser adoptados por hijos suyos por medio de Jesucristo, conforme a su querer y a su designio. a ser un himno a su gloriosa generosidad. A él, por quien entramos en herencia, elegidos de antemano según el previo designio del que realiza todo conforme a la decisión de su voluntad, para ser nosotros alabanza de su gloria.

Antes de la creación, el Padre eterno elige al hombre en Cristo, su Hijo eterno. Esta elección es fruto de amor y manifiesta amor.
Por obra del Hijo eterno hecho hombre, el orden de la creación se ha unido para siempre al de la redención, es decir de la gracia.
Consideremos cómo Dios eligió y señaló, desde el principio y antes de los tiempos, una Madre, para que su Unigénito Hijo, hecho carne de ella, naciese en la dichosa plenitud de los tiempos; y tanto la amó por encima de todas las demás creaturas, que en solo Ella se complació con señaladísima benevolencia Por lo cual, la llenó de tanta gracia, sacada del tesoro de su Divinidad, muy por encima de todos los ángeles y los santos, que Ella absolutamente siempre libre de toda mancha de pecado y toda hermosa y perfecta, manifestase tal plenitud de inocencia y santidad que no se concibe, en modo alguno, nadie mayor que ella después de Dios. 
Procuremos amar con sincera piedad filial a la Purísima Virgen María. Ejercitemos nuestra piedad con las oraciones a la Virgen que hemos aprendido de niños para que Ella nos enseñe a vivir la obediencia a la Palabra y nos haga abrazar cada día con más fervor a Cristo Redentor nuestro. (17/11/17)

Meditación Mariana. Continuamos con el mes de María en preparación a la Solemnidad de la Inmaculada

Leemos en el Evangelio de San Mateo (1, 18-23) El nacimiento de Jesucristo fue de esta manera: María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, que era justo y no quería denunciarla, decidió repudiarla en secreto. Pero, apenas había tomado esta resolución, se le apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo: “José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados”. Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que había dicho el Señor por el Profeta: “Mirad: la Virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel, que significa “Dios-con-nosotros”.

Como vemos, la fe cristiana no tiene por objeto unos mitos o unas leyendas. Nuestra fe, cree y confiesa unos hechos que tuvieron lugar realmente: así decimos que Jesucristo, Hijo único de Dios, por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María la Virgen, y se hizo hombre. 
Todos sabemos que al principio de la historia de los hombres, cuando Adán se apartó del Plan de Dios, había una mujer, Eva, compartiendo con él su desobediencia y jugando un decisivo papel en la misma. Era la madre de la humanidad pecadora. 
Así también, cuando llegó la Hora de Jesús, también tuvo una mujer asociada a su obra, tomando parte en la tarea de alumbrar una nueva creación y un nuevo tipo de hombre.
La mujer que con su cooperación hizo posible el advenimiento del Hijo de Dios al mundo es reconocida y venerada por todo el pueblo cristiano como la Madre de Dios. Este es el primero y supremo título de María, origen de todos los demás. 
Como vemos en el texto de la Escritura que hemos leído, María hace posible que se cumpliera la promesa del Señor hecha al Antiguo  Pueblo de Dios. Dice: Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que había dicho el Señor por el Profeta: “Mirad: la Virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel, que significa “Dios-con-nosotros”. Ese Dios que se queda con nosotros para Salvarnos del pecado y de la muerte es Jesús, el Hijo de Dios e Hijo de María.
La colaboración que María prestó a la obra de nuestra salvación no quedó reducida a su paso por el mundo, con todo lo decisiva que fue, sino que se prolonga en los cielos después de haber sido glorificada. Por eso la Iglesia invoca a María y con ella ora al Señor y en Ella pone su confianza de ser escuchada. De este modo, siguiendo el ejemplo de los Santos, María se convierte en el camino seguro para llegar a Jesús.
Procuremos imitar la fe y la obediencia de la Santísima Virgen María, para que, como Ella, seamos colaboradores en la obra salvadora de Jesucristo. (16/11/17)