Reflexión del Evangelio del Domingo XXII del Tiempo Ordinario


03 de septiembre de 2017.Evangelio según San Mateo 16, 21-27.
Jesús comenzó a anunciar a sus discípulos que debía ir a Jerusalén, y sufrir mucho de parte de los ancianos, de los sumos sacerdotes y de los escribas; que debía ser condenado a muerte y resucitar al tercer día. Pedro lo llevó aparte y comenzó a reprenderlo, diciendo: “Dios no lo permita, Señor, eso no sucederá”. Pero Él, dándose vuelta, dijo a Pedro: “¡Retírate, ve detrás de mí, Satanás! Tú eres para mí un obstáculo, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres”. Entonces Jesús dijo a sus discípulos: “El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida a causa de mí, la encontrará. ¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida? ¿Y qué podrá dar el hombre a cambio de su vida? Porque el Hijo del hombre vendrá en la gloria de su Padre, rodeado de sus ángeles, y entonces pagará a cada uno de acuerdo con sus obras”.
Lo propio del profeta es anunciar la palabra de Dios para unos hombres determinados, especialmente anunciará aquello que Dios quiere de esos hombres, singularmente que cumplan su voluntad y respeten su ley con las obras congruentes. En una palabra, que practiquen la justicia y sean rectos de corazón. A veces incluso, han tenido que anunciar calamidades de parte de Dios. Esas calamidades con las que Dios purifica a los hombres, para hacerlos mirar más hacia el cielo y para que se olviden un poco más de las cosas de la tierra, que no son tan importantes como el hombre apegado a ellas las considera. Y sin duda que siempre nos pide la fidelidad a los valores del espíritu por encima de todo lo terrenal y mundano. El profeta Jeremías, tuvo que anunciar la caída de Jerusalén en manos de sus enemigos Asirios, debido a los pecados de los israelitas, especialmente el pecado de sus reyes, que en su gran mayoría ofendían a Dios. Es un profeta que por ello quedará solo y abandonado, pero que sentirá en su corazón el fuego de la palabra de Dios, es decir un irresistible impulso para seguir anunciando con fidelidad la voluntad de Dios. Fue perseguido por los mismos sacerdotes de Israel, es decir por las autoridades religiosas; y aún así, siguió siempre siendo fiel a Dios antes que a los hombres. Jesús también anunció la futura destrucción de Jerusalén por los Romanos; y precisamente después que Pedro lo confiesa Mesías e Hijo de Dios, les anuncia a los apóstoles que su mesianismo es y será el del llamado Siervo doliente de Yahveh que había anunciado el profeta Isaías. Tendría que pasar por la cruz, y singularmente porque Jesús es el Profeta por excelencia, el que había anunciado Moisés en el Deuteronomio, es que tendrá la suerte de profeta, no será aceptado en su tierra, por los suyos. Es entonces que Jesús les explica a sus discípulos el elevado valor de la cruz, y de la vida eterna del cielo que nos ha venido a dar. Nada puede valer más que la vida eterna, y es por eso que inclusive esta misma vida será sacrificable ante la opción por una o la otra. De nada servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde la Vida. Esto es lo que los mártires testigos de todos los tiempos han comprendido. No dejaron de ser fieles a la verdad moral y religiosa cuando los hombres les pedían que renegaran de ellas. Siempre hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. Hay una serie de principios, contenidos en los mandamientos y en las leyes natural y Eterna, que merecen la entrega de la vida, antes que conculcarlos. No se puede hacer alianza con los enemigos de Dios, ni siquiera pactar con ellos, en cosas fundamentales de la vida moral y de la fe. No es lícito renunciar a la vida espiritual por el materialismo, o el hedonismo o el relativismo. Cristo, el Evangelio, la Verdad son Uno; y no es renunciable para ganar una sola leve brisa de la falacidad  de este mundo. Por eso es que en la Iglesia existen, han existido y existirán los mártires. Santos que han dado sus vidas por no perder la Vida con mayúscula, que es la eterna. Han sabido subir al cadalso hasta con humor, como Santo Tomás Moro cuando fuera decapitado por Enrique VIII, por ser fiel al Papa y al santo matrimonio que el Papa defendía. Y otros que como San Ignacio de Antioquía, pedían a los cristianos que dejaran que los maten, decía este santo que quería ser trigo molido de Cristo, triturado por los dientes de las fieras. Amaron la Vida Eterna en la cual ya están reinando con Cristo en el cielo. Cuando somos tan débiles, solicitemos su ayuda, invocándolos para que nos hagan ser fieles a Cristo y a esta sublime enseñanza suya.
Pbro. José D´Andrea
Capellán Castrense                     


Reflexión del Evangelio del Domingo XXI del Tiempo Ordinario


27 de agosto de 2017.Evangelio según San Mateo 16, 13-20.
Al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: “¿Qué dice la gente sobre el Hijo del hombre? ¿Quién dicen que es?” Ellos le respondieron: “Unos dicen que es Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, Jeremías o alguno de los profetas”. “Y ustedes, les preguntó, ¿quién dicen que soy?” Tomando la palabra, Simón Pedro respondió: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”. Y Jesús le dijo: “Feliz de ti, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo. Y Yo te digo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder de la muerte no prevalecerá contra ella. Yo te daré las llaves del Reino de los Cielos. Todo lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo”. Entonces ordenó severamente a sus discípulos que no dijeran a nadie que Él era el Mesías.

Nos encontramos tal vez en el centro del ministerio público de Jesús. Había en Cesarea de Filipos un templo dedicado a Júpiter, del cual se podía ver salir por debajo, el suelo de roca sobre el que había sido levantado. Será precisamente aquí, muy posiblemente ante la vista de dicho templo, que Jesús hará la pregunta acerca de lo que la gente piensa acerca de quién es Él. Los apóstoles, al responder, manifiestan las opiniones cambiantes de los hombres, y todas ellas equivocadas. Sólo Pedro, movido e inspirado por la fe que recibe de lo alto, hará su primera definición infalible acerca de Cristo. Él es verdaderamente el Mesías, el Hijo de Dios vivo. Existía en el palacio de David, como lo muestra el profeta Isaías, el cargo de mayordomo. Éste hombre tenía las llaves del palacio y era como un lugarteniente del Rey, que solo podía abrir y cerrar las  puertas. Tomando la imagen de ese cargo es como Jesús, va a establecer en su Iglesia el cargo de ser su vicario en la tierra. Es más, a Simón le cambiará el nombre, poniéndole el de Pedro. Kefá en arameo que significa piedra, porque Él, es decir Cristo, va a edificar su Iglesia sobre la fe y sobre la persona de dicho apóstol, comunicándole a él y a sus sucesores en su ministerio, el don del primado de jurisdicción para el gobierno de su Iglesia, como así también el don de la infalibilidad para definir solemnemente las verdades de la fe y de la moral del evangelio. Las puertas del Hades, o sea del infierno, no van a prevalecer contra la Iglesia de Cristo. Es así, que como dijo Aristóteles, todo hombre desea naturalmente saber la verdad. También, todo hombre desea naturalmente ser feliz. Y San Pablo escribe: “Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad”. Serían muy pocos los hombres, que sin el auxilio divino, con mucho esfuerzo, y no sin mezcla de errores, podrían llegar al conocimiento de la verdad. Pero como Dios quiere que ella sea accesible a todos, incluso a los humildes y sin posibilidad de estudios; Él se ha revelado en Cristo, Sumo Profeta anunciado por Moisés, para dar a conocer la plenitud de la verdad. A la Iglesia le ha comunicado su Espíritu Santo, para que Éste la lleve a la verdad, y le ha conferido al Papa, sucesor de Pedro, el carisma de la infalibilidad, para poder enseñar la verdad sin error alguno. De tal manera que dicha verdad llegue a toda la Iglesia y siendo profesada por todos sus miembros, éstos puedan alcanzar el conocimiento y la salvación de Dios. También le comunicó al Papa y a la Iglesia, en la persona de Pedro, el poder de atar y desatar. Ello implicaría la capacidad que tiene la Iglesia, para dejar entrar o no a los hombres en ella. También sería el poder ofrecer la comunión con ella, o la excomunión. Y la capacidad de permitir ciertos actos como moralmente buenos y la de prohibir los moralmente perversos. La infalibilidad es un don que se da solamente en al magisterio extraordinario del Papa y de la Iglesia. Se trata de una asistencia del Espíritu Santo, que preserva al Papa de errar, cuando Él quiere definir solemnemente una verdad de fe o de moral para ser tenida así por toda la Iglesia universal. Su magisterio ordinario es sin duda también el más autorizado, pero aún así, podría darse algún error en él; no en el magisterio extraordinario, que puede ejercer el Papa solo o en el contexto de un Concilio ecuménico, nunca sin Él, es decir que tiene que ser refrendado por el mismo Santo Padre, el Papa. Ciertamente así y para nuestro bien espiritual, es como la Iglesia será siempre indefectible e infalible, de tal manera que nunca podrá el infierno prevalecer contra ella.
Pbro. José D´Andrea
Capellán Castrense

Ceremonia conmemorativa del día del Arma de Ingenieros y su Santo Patrono "San Ignacio de Loyola"


25 de agosto de 2017. Invocación Religiosa pronunciada por el Capellán Mayor del Ejército, Pbro. Oscar Ángel Naef, en la Ceremonia Conmemorativa del Día del Arma de Ingenieros y su Santo Patrono “San Ignacio de Loyola”. Realizada en la Agrupación de Ingenieros 601, Campo de Mayo, Provincia de Buenos Aires.

En las cercanías de la fiesta del patrono de ingenieros, año tras año interrumpimos nuestra marcha para invocar la protección de San Ignacio de Loyola y celebrar el espíritu zapador que consolida los vínculos de camaradería.
Aprovechamos en esta oportunidad para implorar a San Ignacio de Loyola que nos traiga la gracia de acrecentar la vocación de servicio propia del soldado y que nos ayude a renovar cada día las fuerzas para el cumplimiento de nuestro deber.
Generosidad, entrega, lealtad, honor y profesionalismo son las cualidades en las cuales estamos llamados a empeñar nuestros esfuerzos para que con un corazón comprometido los Ingenieros seamos para la Patria una esperanza que respalde la soberanía y la paz que estamos dispuestos a cuidar y sostener.
En este día también queremos tener una súplica sentida por aquellos miembros de la familia zapadora que ya no están con nosotros porque han partido a la eternidad. Que el Señor les dé el premio prometido y a sus familiares el consuelo propio del cristiano.
Invocando la protección de nuestra Madre de la Merced Patrona y Generala del Ejército ponemos bajo los pies del Señor las intenciones de cada uno de los que hoy celebramos a San Ignacio de Loyola y festejamos el día de la querida Arma de Ingenieros. Amén.

Reflexión del Evangelio del Domingo XX del Tiempo Ordinario


20 de agosto de 2017. Evangelio según San Mateo 15, 21-28.
Jesús partió de Genesaret y se retiró al país de Tiro y de Sidón. Entonces una mujer cananea, que procedía de esa región, comenzó a gritar: “¡Señor, Hijo de David, ten piedad de mí! Mi hija está terriblemente atormentada por un demonio”. Pero Él no le respondió nada. Sus discípulos se acercaron y le pidieron: “Señor, atiéndela, porque nos persigue con sus gritos”. Jesús respondió: “Yo he sido enviado solamente a las ovejas perdidas del pueblo de Israel”. Pero la mujer fue a postrarse ante Él y le dijo: “¡Señor, socórreme!” Jesús le dijo: “No está bien tomar el pan de los hijos, para tirárselo a los cachorros”. Ella respondió: “¡Y sin embargo, Señor, los cachorros comen las migas que caen de la mesa de sus dueños!” Entonces Jesús le dijo: “Mujer, ¡qué grande es tu fe! ¡Que se cumpla tu deseo!” Y en ese momento si hija quedó sana.
El Señor Dios ha creado el universo y todo el orden de la naturaleza. Sólo cuando obra milagros actúa de un modo sobrenatural, aunque no antinatural, ya que el milagro una vez realizado, lo hace para restaurar ese mismo orden y encausarlo según la naturaleza por Él mismo creada. También había creado al hombre con un estado de vida que le era sobrenatural, añadido al de su naturaleza, era el orden de la gracia y de la unión con Dios, que el hombre perdió cuando pecó en el principio. Es así que quedó solo consigo mismo, es decir sin Dios, aunque Dios no habría de abandonarnos. Siguiendo pues el orden de la naturaleza, Dios, desde toda su eternidad, tenía previsto un plan para redimir y salvar al hombre. Y ese plan habría de pasar por la familia, por la tribu, por el clan, por la nación. Habían surgido muchas naciones sobre la faz de la Tierra, y buscaban a Dios, pero cada una a su propia manera, se había imaginado por la poesía y la imaginación unos dioses que eran falsos. Dios solamente podía admitir una concepción religiosa del hombre, que resultara ser, sin la ayuda divina, conforme a una religión natural, y casi podríamos decir filosófica. Pero el Señor habría de auxiliarnos de un modo nuevamente sobrenatural, con el objeto de devolvernos su gracia sobrenatural. Respetando la realidad de las naciones y pueblos, es como el Señor mismo se vino a crear y formar un pueblo que le fuera suyo, que sólo reconociera al verdadero Dios y no a los falsos dioses o ídolos, que adoraban los otros pueblos. Así eligió a Israel como pueblo depositario de su revelación, de su Alianza, de sus promesas, de su culto, de su Ley y de su Templo en su montaña santa de Sión en Jerusalén. Les prometió un mesías que habría de nacer de ese mismo pueblo, pero que habría de traer la salvación y la bendición de Abraham a todas las otras naciones de la Tierra. La verdadera religión habría de ser así Universal, o sea, dicho en griego, Católica. El plan también tenía en cuenta el hecho de que el hombre es un ser que está sujeto al tiempo y al espacio. Es por eso que Jesús ha venido a llamar a los israelitas en el curso de su vida temporal. Luego de ella, habría de abrir las puertas a los pueblos gentiles o paganos, es decir a todos aquellos que no pertenecían al pueblo de Israel. Los profetas del Antiguo Testamento, habían dejado entender que todos los pueblos iban a ser llamados a adorar a Dios en el Templo y en la morada de Sión en Jerusalén, es decir que habrían todos ellos de tener la misma religión y salvación. San Pablo, siendo judío, se lamenta de que su raza y pueblo no haya aceptado a Cristo como mesías, pero comenta: si su salida ha significado la entrada de los pueblos gentiles, ¿qué no será su reincorporación? Y sostiene que ella va a implicar la resurrección final de entre los muertos del mundo entero. Por todo lo dicho podemos comprender la negativa de Jesús, en un principio, a conceder la curación de la hija de la mujer cananea, ya que ella no era israelita, y Él había venido a buscar las ovejas perdidas del pueblo de Israel. Pero la fe de esa mujer fue tan grande que adelantó la hora, al menos para ella, en que los gentiles habrían de recibir la gracia de Dios. Los judíos trataban de perros a los pueblos de la gentilidad, y suavizando la expresión, Jesús le dice a la mujer, que no es bueno sacarle el pan a los hijos para dárselo a los cachorros. Y de esa frase se sostiene la mujer en su fe, añadiéndole que aún los cachorros comen las migajas que caen de la mesa de sus amos. Realmente manifestó tener una fe muy grande, que le ganó el milagro de nuestro Señor. Si queremos tener esa misma fe deberemos siempre rezar con esas otras palabras del evangelio: “Señor, auméntanos la fe”.
Pbro. José D´Andrea
Capellán Castrense

Reflexión del Evangelio del Domingo XIX del Tiempo Ordinario


13 de agosto de 2017. Evangelio según San Mateo 14, 22-33.
Después de la multiplicación de los panes, Jesús obligó a los discípulos que subieran la barca y pasaran antes que Él a la otra orilla, mientras él despedía a la multitud. Después, subió a la montaña para orar a solas. Y al atardecer, todavía estaba allí, solo. La barca ya estaba muy lejos de la costa, sacudida por las olas, porque tenían viento en contra. A la madrugada, Jesús fue hacia ellos, caminando sobre el mar. Los discípulos, al verlo caminar sobre el mar, se asustaron. “Es un fantasma”, dijeron, y llenos de temor se pusieron a gritar. Pero Jesús les dijo: “Tranquilícense, soy Yo; no teman”. Entonces Pedro le respondió: “Señor, si eres Tú, mándame ir a tu encuentro sobre el agua”. “Ven”, le dijo Jesús. Y Pedro, bajando de la barca, comenzó a caminar sobre el agua en dirección a Él. Pero, al ver la violencia del viento, tuvo miedo, y como empezaba a hundirse, gritó: “Señor, sálvame”. En seguida, Jesús le tendió la mano y lo sostuvo, mientras le decía: “Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?” En cuanto subieron a la barca, el viento se calmó. Los que estaban en ella se postraron ante Él, diciendo: “Verdaderamente, Tú eres el Hijo de Dios”.
 La moderna fenomenología de las religiones, estudia cómo se comporta el hombre, desde los tiempos más remotos, con respecto al tema religioso. Sostiene, entre tantas cosas, que el sentimiento del hombre frente a la presencia de lo divino, o lo numinoso, es una mezcla de dos sensaciones. El misterio de lo sagrado le resulta tremendo y fascinante a la vez. Si esto es así considerado desde el punto de vista del orden natural y de las religiones naturales, también se mantiene en la religión revelada por Dios. Dios es Espíritu y quiere que se le rinda un culto en espíritu y en verdad. Pero esa verdad no es un espiritualismo para el hombre, que por tener cuerpo está inmerso en el espacio y en el tiempo. Por lo tanto se da en la vida del hombre la experiencia de un espacio sagrado y de un tiempo también sagrado, que comportan actitudes de temor reverencial y amor a Dios, ya que precisamente la finalidad del espacio sagrado es tomar contacto con la inmensidad de Dios, y la del tiempo sagrado es la de tomar contacto con la eternidad de Dios. En ellos, el hombre es vivencialmente sustraído de su espacio y tiempo profanos, para pasar a la esfera de lo sagrado y tomar contacto con Dios. En el Antiguo Testamento, Dios es quien le pide a Moisés que se quite sus sandalias, porque está pisando Tierra Santa en el Sinaí. Luego es el mismo profeta Elías, el que al percibir la presencia de Dios en la misma gruta del monte donde Moisés había estado, al pasar una brisa suave, se cubre el rostro con la mano y se pone de pie en actitud orante ante Dios. En el Evangelio de hoy, los apóstoles, al ver a Jesús caminando sobre el mar Tiberíades, perciben con temor un fenómeno sobrenatural, y después de haber calmado su susto por las palabras de Jesús, no dejan por ello de postrarse ante Él confesando su naturaleza divina de Hijo de Dios. La misma actitud de temor reverencial y confesión religiosa que tuvieran Moisés y Elías en el Antiguo Testamento. Jesús, mantiene la doctrina sobre la diferencia entre el ámbito sagrado y el profano cuando, al encontrar a los mercaderes del templo haciendo sus negocios en el atrio del Templo de Jerusalén, hace un látigo con cuerdas y los expulsa, diciendo que la casa de su Padre es casa de oración y acusándolos a ellos de haberla convertido en una cueva de ladrones. Pero si robar está mal, en cambio vender el producto del trabajo del hombre es bueno, lo malo es hacer o realizar esa actividad en un espacio que está destinado al encuentro de oración con Dios. Es decir que no estamos diciendo que lo profano sea el mal y lo sagrado el bien, sino que estamos distinguiendo ambas realidades como buenas, pero cada una debe estar en su lugar. Tal vez deberíamos admitir que estaría mal bailar el Gregoriano en los boliches y cantar rock and roll en las iglesias. El hombre moderno parece creer que vive en un ámbito todo homogéneo, donde no habría tal distinción. Para el orden natural y para el mismo Dios, no es así. Hay diferencia entre el orden sagrado y el profano; hasta los Griegos tenían al Partenón. Y en el orden de lo sacro nos unimos con Dios para darle gloria y dejarnos santificar por su presencia vivificante. Mejor dicho: Dios nos une consigo.
Pbro. José D´Andrea
Capellán Castrense

Reflexión del Evangelio de la Fiesta de la Transfiguración del Señor


06 de agosto de 2017. Evangelio según san Mateo 17, 1-9.

Jesús tomó a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los llevó aparte a un monte elevado. Allí se transfiguró en presencia de ellos: su rostro resplandecía como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la luz. De pronto se les aparecieron Moisés y Elías, hablando con Jesús. Pedro dijo a Jesús: “Señor, ¡qué bien estamos aquí! Si quieres, levantaré aquí mismo tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”. Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y se oyó una voz que decía desde la nube: “Éste es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección: escúchenlo”. Al oír esto, los discípulos cayeron con el rostro en tierra, llenos de temor. Jesús se acercó a ellos y, tocándolos, les dijo: “Levántense, no tengan miedo”. Cuando alzaron los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús solo. Mientras bajaban del monte, Jesús les ordenó: “No hablen a nadie de esta visión, hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos”.

La humanidad de Cristo está unida a su divinidad en la única persona del Verbo de Dios, que es el Hijo en la misma naturaleza del Padre. Mientras fue viador, es decir peregrino de esta vida como somos nosotros, también era comprensor, es decir que su alma estaba en la visión beatífica, por lo cual tenía la ciencia de visión en su alma humana. Esta alma estaba glorificada, no así su cuerpo que velaba la Gloria de Dios, por cumplir el plan por el cual Él se anonadó, es decir que se abajó, se despojó de su gloria divina en su cuerpo. Pero, para animar a sus discípulos al paso de su pasión, por unos breves momentos, les mostró algo de la gloria divina, que hizo redundar en su cuerpo en aquellos momentos. Y como Él se identificó con ese personaje que aparece junto a Dios Padre en el profeta Daniel, y que lo llama “parecido” a un “hijo de hombre”; y que San Juan en el Apocalipsis dice que es el único que puede abrir el libro de los designios Divinos, porque es el que va a cumplir la voluntad del Padre, y se va a ofrecer como sacrificio para salvar al hombre y redimirlo de sus pecados; el Padre mismo con su voz gloriosa lo va a enseñar como a Aquel que es su propio Hijo y a quién los hombres deberemos escuchar con atención. Es verdad, desde toda la eternidad, podríamos decir que se celebra una liturgia en el cielo. El Hijo de Dios glorifica al Padre, y desde toda la eternidad se ofrece en sacrificio redentor. Pues ahora el Padre glorifica al Hijo mostrándolo como tal y poniéndolo a Él como su propia expresión y revelación a la humanidad. Es por eso que San Pedro nos dirá al enseñar lo concerniente a su segunda venida, que a diferencia de la gnosis, el Evangelio de Jesucristo que los apóstoles predican no está basado en fábulas creadas e imaginadas por el hombre, sino que es una realidad que viene atestiguada por la manifestación que ellos mismos, los apóstoles, han visto, de la misma gloria de Dios en la humanidad de Cristo. Si bien en su momento se llegó a sostener que Cristo había sido un personaje inventado por el hombre y que nunca habría existido, ya hoy, nadie se atreve a mantener dicha afirmación. Hay suficientes testimonios históricos de su paso por este mundo y de su realidad,  incluso de su misma resurrección, como puede ser la existencia del sudario que le envolvió y que lleva milagrosamente impresas sus marcas. Él mismo se llamaba a sí mismo “el Hijo del hombre” usando el título que había usado el profeta Daniel y que según la exégesis judía es el mismo mesías al que se refiere. Cristo utilizará ese mismo título ante el juicio de Caifás,  incluso refiriéndolo a la gloria de su venida, o también extendiendo ese título al triunfo de su Iglesia. Es como si le hubiese dicho a Caifás, ustedes me están dando muerte aquí y ahora, pero no podrán impedir la  implantación de mi Reino, al que verán crecer en la Iglesia naciente y a la que no podrán aniquilar. Así es, por medio de la Iglesia y de Cristo es y será como los hombres podremos alcanzar la gloria del Reino de Dios. Primero deberemos escucharlo y ser parte del Cristo místico en la tierra.
Pbro. José D´Andrea
Capellán Castrense