I Seminario de Pastoral Castrense: “La Pastoral Castrense en Dinámica de Misión Continental. El Liderazgo Pastoral del Capellán Castrense”



26 de junio de 2017. En San José de Costa Rica, del 17 al 27 de junio de 2017, se llevó a cabo el I Seminario de pastoral castrense: “La Pastoral Castrense en Dinámica de Misión Continental. El Liderazgo Pastoral del Capellán Castrense”, organizado por el Departamento de Comunión Eclesial y Diálogo del CELAM.
Su principal objetivo fue el de incorporar competencias de liderazgo pastoral a la labor que desempeña el presbítero castrense en la dinámica de la misión continental, mediante la reflexión teológico-pastoral y el conocimiento de experiencias significativas que hagan posible una pastoral programática en el mundo militar y policial con diseño estratégico, con procesos y con evaluación permanente.
El programa del Seminario se desarrollo de la siguiente forma:



Durante el transcurso del Seminario se trabajó sobre la importancia del liderazgo del capellán castrense y la necesaria convicción de la salida misionera; comenzando con la definición de términos y cómo se debe entender desde ámbito eclesiológico y teológico, así como los aspectos culturales para el liderazgo y los factores psicosociales.
Los expositores fueron:
·      Presbítero Luís Fernando Restrepo Londoño, de Colombia, dictó: “Liderazgo Pastoral en Clave de Misión”, “Eclesiología y Desafío Organizacional” y “Taller de Integración y Evaluación: Resolución de Casos”
·      Psicólogo Carlos Leyva Conejo, de Costa Rica, dictó: “Factores Psico-Sociales en el Liderazgo Pastoral”.
·      Presbítero Oscar Ángel Naef de Argentina: “Liderazgo y Planeamiento Estratégico”, “Cultura Teológico-Filosófica en el Líder Pastoral” y “Taller de Integración y Evaluación: Resolución de Casos”
·      Magister Alejandro Robles, de Costa Rica, dictó: “Liderazgo y Comunicación en Clave de Misión”.
El Seminario contó con la presencia de 18 participantes provenientes de diferentes países de Latinoamérica.

Para conocer más sobre este tema los invitamos a visitar la página Web del Departamento de Comunión Eclesial y Diálogo del CELAM en el siguiente link:


Reflexión del Evangelio del Domingo XII del tiempo ordinario


25 de junio de 2017. Evangelio según San Mateo 10, 26-33.

Jesús dijo a los apóstoles: “No teman a los hombres. No hay nada oculto que no deba ser revelado, y nada secreto que no deba ser conocido. Lo que Yo les digo en la oscuridad, repítanlo en pleno día; y los que escuchen al oído, proclámenlo desde lo alto de las casas. No teman a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. Teman más bien a aquél que puede arrojar el alma y el cuerpo al infierno. ¿Acaso no se vende un par de pájaros por unas monedas? Sin embargo, ni uno solo de ellos cae en tierra, sin el consentimiento del Padre de ustedes. También ustedes tienen contados todos sus cabellos. No teman entonces, porque valen más que muchos pájaros. Al que me reconozca abiertamente ante los hombres, Yo lo reconoceré ante mi Padre que está en el cielo. Pero Yo renegaré ante mi Padre que está en el cielo de  aquél que reniegue de mí ante los hombres”.

Por tres veces nos dice el Señor en este evangelio que no debemos tener miedo, y solo una sola vez nos dice a qué no debemos tenerlo. Sin duda que nos está llamando a tener en esta vida una jerarquía de valores. La salvación de nuestra alma es el que está por encima de todo otro valor. Y el alma se salva solo cuando pone a Dios por encima de todo amor. La primacía de lo espiritual y la primacía de Dios por encima de todo. Adán, por el pecado lo perdió todo, quedando ligado al pecado, a la condenación y a la muerte. La separación de Dios es la muerte del alma, cuya muerte física es su símbolo. Y por Adán todos pecamos y recibimos por propagación de la generación el estado de pecado. Así sabemos ahora que Cristo es el nuevo Adán, que nos ha recuperado, y con creces, lo perdido por Adán. Él nos trae la justicia, la salvación y la vida. En esto consiste la Buena Noticia, que Cristo predicaba casi en secreto, cuando caminaba por esta vida con sus apóstoles; porque todavía no había muerto ni resucitado. Pero luego nos dice que deberemos profesar nuestra fe a la vista de todos; y así también proclamarla. Esto implicará la persecución, ya que el mundo que vive en las tinieblas del pecado no querrá venir a la luz de Dios. Así es como persiguieron a los profetas cuando ellos predicaban la verdad en nombre de Dios. Uno de ellos es una figura de Cristo por la persecución que le tocó sufrir; se trata del profeta Jeremías. Pero así como él se ponía en las manos de Dios, para que Él le defendiera de sus enemigos, de la mima manera deberemos hacer nosotros también. Vivir y proclamar sin miedo el evangelio de Cristo y la vida cristiana, es la misión de todo bautizado. El Señor nos cuidará mucho más que lo que lo hace con los pájaros de cielo. No deberemos tener miedo al poder de los hombres que matan el cuerpo, ya que no pueden matar el alma. Más habría que temer a Dios, que puede enviar alma y cuerpo a la condenación si uno vive y muere en el pecado. Así lo han vivido los verdaderos cristianos de todo tiempo y lugar, prefiriendo el martirio, antes que el rechazar a Dios, y su Vida y salvación. Como pensaba Santo Tomás de Aquino: un alma en gracia vale más que todo el universo material. Santa Catalina de Siena, cuando venía a su mente el pensamiento de un alma en gracia, caía arrobada de éxtasis por el amor a Dios que ello le causaba. Hay también un salmo de la Sagrada Escritura que reza: “Tu gracia Señor vale más que la vida”. Lamentablemente vivimos en una cultura y en una sociedad que ha dejado de valorar así las cosas de Dios. Se invierten los valores del Evangelio y se antepone lo material a lo espiritual. Pero la promesa del Señor sigue y seguirá siempre en pie: “a todo aquel que me confiese ante los hombres, Yo lo confesaré ante mi Padre que está en el cielo”.
Pbro. José D´Andrea
Capellán Castrense

Reflexión del Evangelio de la Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo


18 de junio de 2017.Evangelio según San Juan 6, 51-58.

Jesús dijo a los judíos: “Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que Yo daré es mi carne para la Vida del mundo”. Los judíos discutían entre sí, diciendo: “¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?” Jesús les respondió: “Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y Yo lo resucitaré en el último día. Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y Yo en él. Así como Yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por mí. Éste es el pan bajado del cielo; no como el que comieron sus padres y murieron. El que coma de este pan vivirá eternamente”.

Como el antiguo Israel, la Iglesia está formada por seres humanos que vamos peregrinando por este mundo, así como Israel peregrinaba por el desierto. El Señor probó a su Pueblo en el desierto, lo afligió, le hizo pasar por penalidades serias y así lo humilló hasta el punto de que todo ello constituyera una pedagogía que enseñara a Israel la noción que para sobrevivir necesitaba de la asistencia divina. Especialmente necesitaba ser alimentado, y Dios les concedió el maná, para enseñarles que no solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. Israel tuvo que hacer un acto de fe en la palabra-promesa de Dios, que siempre habría de cumplirse, y se alimentó de esa palabra y de ese pan que cayó del cielo enviado por el Señor. Ya en el Nuevo Testamento Cristo es más categórico todavía y nos dice que debemos alimentarnos comiendo su carne y bebiendo su sangre, para tener verdadera Vida en nosotros. Dios, por su sacrificio en la cruz y por el sacramento del bautismo, nos ha devuelto la vida de la gracia de Dios, que Adán había perdido cometiendo el pecado original. Pero esa vida que ahora llevamos, lo hacemos también como peregrinos y caminantes por esta vida, y es por ello que es una vida que también necesita ser alimentada; y como se trata de vida cristiana, ella debe ser alimentada por el mismo Cristo. Él ha encontrado también la sapientísima forma de quedarse con nosotros como alimento. En la Última Cena convirtió el pan en su Cuerpo, y el vino en su Sangre, y concedió a los Apóstoles su sacerdocio divino para que pudieran hacer lo mismo que Él había hecho allí. Y así su sacerdocio se transmite por la ordenación sacerdotal hasta el último hombre que Él quiera llamar y cada uno de esos sacerdotes, que participan del único sacerdocio de Cristo,  hace presente en el altar el misterio de su Cuerpo y de su Sangre que contienen la presencia real de Cristo bajo los velos de los accidentes del pan y del vino. Es por eso que los cristianos participamos de su banquete eucarístico cada Domingo del año; y también lo adoramos presente en la sagrada eucaristía. En el siglo XIII surgió la fiesta del Corpus Christi, por la cual se lleva procesionalmente por las calles de nuestras ciudades y barrios la sagrada forma, para que ella convierta los corazones de los hombres y llene a toda la sociedad con sus benéficos rayos de gracia divina. Al gran doctor de la Iglesia, santo Tomás de Aquino, le fue encomendado escribir los himnos del oficio divino y la secuencia de la misa de este día. Luego se supo que en su vida de oración, se le apareció el mismo Cristo y le dijo: “Bien has escrito de mí Tomás, ¿qué quieres que te conceda por ello?”. A lo cual el santo doctor le respondió: “Señor tu sabes que solo te quiero a Ti”. Y esa debería ser nuestra mayor ambición, querer tener a Dios en nuestro corazón.  

Pbro. José D´Andrea
Capellán Castrense

Reflexión del Evangelio de la Solemnidad de la Santísima Trinidad



11 de junio de 2017. Evangelio según San Juan 3, 16-18.

Dijo Jesús: “Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en Él no muera, sino que tenga Vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él. El que cree en Él, no es condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.”

A lo largo de toda la Biblia siempre el nombre designa a la persona que lo lleva, incluso cuando Dios cambia el nombre de alguien ello se debe a que le cambia también su misión en el mundo, en la historia de la salvación y en la sociedad: Abram será Abraham que significa padre de muchedumbre de pueblos; y Simón será Pedro que significa la piedra sobre la que el Señor construirá su Iglesia. Pero cuando se trata de Dios, ya el nombre pasa a ser más bien aquello que designa una realidad trascendente, algo que al hombre se le escapa por completo. Delante de Moisés, por ejemplo, al pasar Dios por enfrente del agujero de la cueva dice su nombre y pronuncia el inefable Yahveh, al mismo tiempo que se designa a sí mismo como el Dios clemente y misericordioso, cuya medida se nos escapa completamente. Él es el Ser infinito, o el acto puro de ser, y su misericordia se ejerce sobre mil generaciones de aquellos que se arrepienten de corazón. No es el Pueblo de Israel el que elige y abarca a Dios con su mirada, sino más bien al revés, es Dios el que elige a Israel y el que lo sostiene y abarca con su mirada de Padre. En el Nuevo Testamento Dios es la Trinidad y abarca o significa la salvación redentora del hombre. La Trinidad y la redención se nos revela en esa frase de San Juan que dice Jesús: “Dios amó tanto al mundo que entregó a su Hijo único”. EL misterio de la Santísima Trinidad, es el misterio de la vida íntima de Dios que nos ha venido a revelar y a hacer partícipes Jesucristo. Es un misterio propiamente dicho es decir que sin la revelación, si Dios no lo revelara, no podríamos saber nada acerca de él por el solo uso de la razón. El misterio consiste en que en la única esencia divina o naturaleza subsisten tres divinas personas. También se podría decir que la esencia divina se da paternalmente, filialmente y espiritualmente. Dios el Padre se conoce a sí mismo y por vía de generación intelectual concibe una idea o Verbo de sí mismo, que en Dios es tan grande que es una persona distinta: el Hijo de Dios. A su vez, el Padre ama al Hijo y el Hijo ama al Padre, al punto que es tan grande el amor que hay en dios que produce o espira a una persona distinta que el Espíritu Santo. Además hay que decir que Dios se revela de forma trinitaria: es el Hijo de Dios el que habiéndose hecho hombre convivió con los apóstoles y con los hombres dándoles a conocer al Padre. Al mismo tiempo que esto hacía, se manifestaba como el Hijo de Dios. Finalmente nos dará el don del Espíritu Santo que es el que nos va a explicar al Hijo de Dios en y por medio de la Iglesia a la que va a animar como alma. Por eso es la Iglesia la que tiene autoridad para explicar el Evangelio de Cristo, porque en realidad es el mismo Espíritu Santo el que lo explica en ella y por ella. Y finalmente podemos decir que Dios nos salva a los hombres, a la humanidad entera de una forma trinitaria: el Padre entrega a su propio Hijo a la muerte de cruz y a los más temibles tormentos, para derrotar al demonio, a la muerte y al pecado y así perdonar el pecado del hombre y darle su salvación y su gracia. Es pues el Amor del Padre, la Gracia del Hijo y la comunión del Espíritu Santo, lo que Dios nos otorga en esta vida para que podamos contemplar y ver cara a cara en la visión beatífica, al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. O mejor dicho; al Padre, por el Hijo, en el Espíritu Santo, que es el Camino de la Salvación.

Pbro. José D´Andrea
Capellán Castrense

Reflexión del Evangelio de la Solemnidad de Pentecostés


04 de junio de 2017. Evangelio según San Juan 20, 19-23.
Al atardecer del primer día de la semana, los discípulos se encontraban con las puertas cerradas por temor a los judíos. Entonces llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: “¡La paz esté con ustedes!” Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor. Jesús les dijo de nuevo: “¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, Yo también los envío a ustedes”. Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: “Reciban el Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan”.

La fiesta de Pentecostés, era una celebración agraria por la siega, que había pasado a ser en Israel el recuerdo de la celebración de la Alianza en el Sinaí después de la salida de Egipto de los israelitas comandados por Moisés; y por lo tanto una conmemoración de la entrega de las tablas de la Ley. Ya en el Nuevo Testamento, se convertirá en el día en el cual se derramó sobre la Iglesia, en la persona de los Doce Apóstoles, el don del Espíritu Santo. Con un viento impetuoso y como lenguas de fuego que se posaban sobre los apóstoles llegó el don de lo alto. Se produce la salida del lugar y la predicación en lenguas o fenómeno llamado de la glosolalia, por el cual hombres que habían llegado a Jerusalén venidos de diferentes naciones y que por ello hablaban distintos idiomas, los entendían a los apóstoles, cada uno en su propia lengua. Es la recuperación de la unida perdida con motivo de la construcción de la torre de Babel. El significado es claro, cuando los hombres quieren construir un mundo único basado en el olvido de Dios y en la soberbia del hombre, es decir, marcado por el pecado, se produce la desunión de pueblos y naciones; en cambio cuando el hombre acepta humildemente el Reino de Dios, Él es el que lleva a la tan anhelada pacificación y unidad de todos. Como dirá San Pablo: todos formamos parte de un único Cuerpo, es decir que por el Bautismo, que nos ha dado la gracia y el don del Espíritu, hemos venido a ser hechos partícipes de la misma naturaleza divina y estamos unidos a Cristo Cabeza formando parte como miembros de un mismo Cuerpo, que es el Cuerpo Místico de Cristo, es decir la Iglesia. El Espíritu Santo es como el viento que levanta las hojas y que al inhabitar en nuestras almas, las levanta desde su interior a una vida más alta. Así es como la gracia es la ley del Evangelio, ella es la que nos mueve a cumplir los mandamientos y nos hace vivir las virtudes cristianas. Aquellos carismas que el Espíritu Santo dio a la Iglesia, como la glosolalia, las curaciones, la profecía, etcétera, fueron cesando por el siglo II como lo atestigua San Agustín; porque esos dones se habían otorgado para que la Iglesia se levantara y estableciera rápidamente en todos lados. Una vez que la Iglesia se encontró construida firmemente a lo largo y a lo ancho del Imperio Romano, es decir una vez que se encontró encarnada por así decir, los dones ya no hicieron falta. La Iglesia es el sacramento de la unión de Dios con los hombres y de los hombres entre sí. Ella, por la celebración de los sacramentos es la que santifica a todo hombre que viene a este mundo y no hay otro medio de salvación que no sea de Cristo y de su Iglesia. Así es la voluntad y la revelación de Dios: el camino ordinario de salvación. Fuera de la Iglesia no hay salvación. Incluso si alguien obra rectamente y alcanza la salvación por seguir rectamente su conciencia sin estar en ella ni conocerla, sin embargo invisiblemente está en ella. Aún así, hay obligación y esto es los mejor, de pertenecer a ella visiblemente como también de corazón. Cristo la llamó “mi Iglesia” y le dio su Espíritu para que salvara a los hombres y perdonara sus pecados.
Pbro. José D´Andrea
Capellán Castrense

Homilía en la Misa de cierre de la 59° Peregrinación Militar Internacional al Santuario de Lourdes, Francia



02 de junio de 2017. Traducción al español[1] de la Homilía de Mons. Luc Ravel, Arzobispo de Strasbourg y Administrador apostólico de la Diócesis Castrense de Francia en la Misa de cierre de la 59° Peregrinación Militar Internacional al Santuario de Lourdes, Francia, del 21 de mayo de 2017.

“Dona nobis pacem”
En cada misa, antes de la comunión, cantamos: “Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo, danos la paz” (“Agnus Dei quitollis peccata mundi, dona nobis pacem”).
Pacem: ¿Qué es la paz que nosotros pedimos?
Dona: ¿Por qué se nos debe otorgar?
Nobis: ¿Cómo debemos de recibirle?

1- La Paz, la paz de la cual nosotros hablamos: ¿Qué es? ¿Es ella un verdadero bien?
Si miramos la historia, la paz es confundida a menudo con la ausencia de guerra. Cuando la guerra aún no ha comenzado hablamos de paz. Allí nosotros hablamos de paz. De ese modo la paz sería sólo ausencia de guerra y la guerra la verdadera autora de la historia y, ciertamente, el impulso de nuestra vida... Nosotros conocemos los valores del guerrero: el coraje, la fuerza, la dedicación, el heroísmo, la entrega de la propia sangre. En la contracara de esta percepción, la paz aparece flexible, sin entusiasmo, sin capacidad para unir al pueblo y hacer crecer al hombre.
Por otra parte, se puede ver también la paz como un bien, pero un bien intermedio. Ella nos permite hacer con tranquilidad nuestras pequeñas tareas cotidianas. Sabemos cuánto molestan los problemas del orden público cuando queremos desarrollar nuestras tareas. Esa paz mediocre no es un gran bien para todos y en particular para todos aquellos que sufren por razones sociales. Los pobres la suelen ver como una forma de tranquilidad de injusticia concreta.
Pero Dios no ofrece ni esa paz flexible, ni esa paz disputable.
Él nos propone la paz como meta última de la cual todos se benefician. En el cielo estaremos en la gran y perfecta paz. Y ahora en la tierra nos permite degustar los primeros frutos.
¿Qué significa Paz de Dios? Es el punto de convergencia de todas nuestras buenas energías. Ella saca de cada uno lo mejor de sí mismo, sobre todo los dones y gracias personales. Y ella reúne a los hombres haciéndolos converger en un punto en común. Ni flexible, ya que ella desarrolla nuestras cualidades, ni disputable ya que ella beneficia a todos, esa paz es un horizonte de amor.

2- Ese don de la paz. ¿Por qué ella deber ser un don u otorgada?
¿Por qué no la podemos construir nosotros mismos? ¿No somos capaces de amar por nosotros mismos y de establecer ese “horizonte de amor”?
Claramente nosotros amamos. Como un niño, como un adulto, como un creyente, como un no creyente. Todos pretenden amar o haber amado en todos los idiomas de la tierra. Y esos innumerables amores, Dios no los desprecia. Ellos son como el reflejo, la marca más o menos legible de lo que Él quiere darnos. O más exactamente, esos amores humanos son la materia prima de lo que Él quiere regalarnos.
En otras palabras, no tengamos miedo de amar a nuestros niños, a nuestros cónyuges, a nuestros padres, a nuestros amigos, etc. Porque sin amor en nuestro corazón Dios no pude conducirnos al amor hermoso.  Pero al mismo tiempo, controlemos sinceramente nuestras deficiencias: quedará en mi memoria por mucho tiempo la confesión de un marido que lloraba: yo me voy a divorciar. Amo a mi esposa, pero no podemos vivir juntos. Nuestro amor humano puede ser hermoso, sin embargo no puede sortear todo aquello que nos separa de la otra persona. Nos amamos a menudo mal y débilmente, salvo si ese amor es encendido por el don de Dios.
Ese hermoso amor viene del Cielo pero debe de ser recibido, aceptado. ¿Cómo? Tres consejos para cada uno de nosotros antes de recibir esa paz del amor: Pedir, pedir con frecuencia y firmeza: ¡Señor danos tu amor! Implórale a Él porque ese amor es indispensable. Acepta ser desbordado, no todo puede ser controlado. Ese Amor con mayúsculas nos sorprende y nos conduce allí a donde muchas veces no queremos ir.
Cuida el vínculo con Cristo. No se puede amar sin Él, pero ese cuidado tiene que estar hecho con los ojos puestos en su Palabra, a su imagen y semejanza.

3- Estamos llamados a recibir ese amor. Nosotros, todos juntos, sosteniendo el camino de la justicia.
Concentremos nuestra atención en el término “Nobis” que designa una comunidad y no solo una persona.
En efecto, constatamos que esa paz de amor lleva su tiempo para establecerse. El motivo, me parece que es el siguiente: Nosotros pedimos el amor que Dios nos da repetidas veces ya que es un buen Padre. Pero nosotros no hacemos nuestra parte del trabajo. Por esta razón ese amor no fructifica, sino que se evapora ante la primera dificultad; se disipa cuando surge alguna complicación social.
Esta tarea a realizar juntos por los hombres es el establecimiento de la justicia.
Sobre este punto, hemos cometido muchos errores al intentar practicar la caridad en nuestros movimientos de solidaridad y en nuestras asociaciones caritativas y, al mismo tiempo, no hemos puesto nuestros mejores esfuerzos para establecer la justicia ante nosotros.
Hemos soñado con una caridad sin justicia, un hermoso árbol sin el suelo (donde poner sus raíces).
Este error es más frecuente de lo que uno piensa. La justicia entra en juego entre nosotros trabajando en nuestras familias, en nuestras empresas, en nuestras ciudades y la política, en esto, es la primera responsable. 
Para esta paz magnífica: tiene Dios el amor, tiene el hombre la justicia. De Dios viene el don vivo del amor, pero el hombre tiene la responsabilidad de instaurar lentamente la justicia. Y la justicia es un trabajo en común porque no es posible establecer la justicia por sí mismo aisladamente.
Es necesario pensar en el amor, pero sin olvidar la justicia. Podemos reclamar el amor que se irradia, pero sin despreciar la justicia que es su soporte.
Puede haber destellos en el amor, pero no en la justicia. Ella se da lentamente, con esfuerzo, con subidas y bajadas.
Ciertamente, amamos antes que la justicia no esté plenamente establecida. Pero amamos buscándola sin descanso. La justicia es un camino y esa ruta, que no debemos abandonar, es larga. El amor que ha dejado la ruta de la justicia se pierde y no ofrece jamás la paz, la hermosa paz, la paz como un torrente entre los hombres, la paz como un río entre las Naciones.
Señor, ten piedad. Señor, danos la paz.

 Luc Ravel
Arzobispo de Strasbourg
y Administrador apostólico de la Diócesis Castrense






[1] Traducción libre realizada por el Capellán Mayor del Ejército, Pbro. Oscar Ángel Naef.